La reinserción social no comienza el día en que una persona recupera su libertad. Empieza mucho antes: en las condiciones que marcaron su trayectoria, en las oportunidades que no estuvieron disponibles y en lo que sucede durante su estancia en un centro penitenciario. También continúa después, cuando reconstruir una vida implica encontrar vivienda, empleo, redes de apoyo y un lugar nuevamente dentro de la comunidad.
Partiendo de esta visión, el Fideicomiso BP9723 aprobó, durante su sesión ordinaria de junio de 2026, el Programa Integral de Reinserción Social, una estrategia colectiva que reúne a organizaciones de la sociedad civil con amplia experiencia en el acompañamiento a personas privadas de la libertad, personas liberadas y sus familias.
La aprobación representa un paso importante para Capital Común: permite llevar a la práctica una forma de inversión social que coloca una estrategia compartida al centro, reconoce las capacidades complementarias de cada organización y busca generar resultados que difícilmente podrían alcanzarse mediante esfuerzos aislados.
Quienes trabajan dentro y fuera de los centros penitenciarios han identificado que muchas trayectorias están atravesadas por una combinación de factores como pobreza, rezago educativo, adicciones, problemas de salud mental y ausencia de redes de apoyo.
Estas condiciones no explican por sí solas la comisión de un delito, pero sí muestran que la reinserción social no puede reducirse al cumplimiento de una sentencia ni al momento de la liberación. Requiere atender las causas de exclusión, las afectaciones familiares y las barreras que enfrentan las personas cuando intentan reconstruir su vida.
“Lo más difícil es salir de la cárcel, pero no necesariamente ahí empieza la reinserción”, explica Marco de la Garza, director de Faro en el Camino y líder articulador del programa. “El proceso comienza desde lo que se vive dentro del centro penitenciario e incluso desde las causas y los patrones que pudieron atenderse antes”.
Una estancia de seis, diez o más años puede transformar por completo el entorno al que una persona regresa. Las relaciones familiares cambian, las comunidades se modifican y las exigencias del mercado laboral son distintas. A ello se suman el estigma, los antecedentes penales y, en algunos casos, la falta de alojamiento, alimentación o documentos que acrediten conocimientos y habilidades.
Por eso, el programa entiende la reinserción como un proceso continuo y diferenciado. No todas las personas necesitan el mismo acompañamiento ni lo requieren en el mismo momento.
El Programa Integral de Reinserción Social articula distintas capacidades dentro de una misma ruta de atención.
Participan como organizaciones ejecutoras Innovación, Tecnología, Educación y Salud para el Desarrollo de las Comunidades; Voluntarias Vicentinas; RENACE; Promoción de Paz; Fundación Homeless México; y el Centro de Prevención de Salud Sexual para la Diversidad Sexual. Faro en el Camino, It Gets Better México y Comparte M contribuyen a la coordinación de acciones, en colaboración con la Agencia de Administración Penitenciaria de Nuevo León.
Cada organización aporta una experiencia especializada: acompañamiento jurídico; atención médica, psicológica y social; apoyo a familias e infancias; alojamiento postpenal; prevención de adicciones y violencias; actividades artísticas y deportivas; y capacitación para el trabajo.
La fortaleza del modelo no está en que todas hagan lo mismo, sino en que puedan complementarse, canalizar casos y construir una ruta más completa para cada persona.
“Fortalecemos lo que cada quien hace y nos apoyamos entre nosotros”, señala Marco de la Garza. “No se trata de querer hacer lo que el otro hace, sino de que cada organización sea sólida en su tema y pueda atender mejor. En esa medida, todos podemos enfocarnos en lo que hacemos bien”.
Esta lógica permite pasar de una red de organizaciones que comparten una causa a un ecosistema capaz de coordinar decisiones, aprendizajes y servicios alrededor de las personas.
Durante un año, el programa desarrollará cinco líneas complementarias de intervención.
La primera contempla liberaciones asistidas mediante acompañamiento jurídico y apoyo para el pago de fianzas, multas o reparación del daño en casos de personas de escasos recursos. La segunda fortalece la atención multidisciplinaria durante la reclusión y el seguimiento posterior al egreso, incluyendo alojamiento, alimentación y capacitación en espacios como CARES y Casa Frida.
Una tercera línea brindará acompañamiento psicosocial y becas a hijas e hijos de personas privadas de la libertad, además de talleres para madres, padres y personas cuidadoras. Con ello se busca prevenir el estigma, la deserción escolar y la reproducción intergeneracional de ciclos de violencia y exclusión.
El programa también habilitará espacios para el arte, el boxeo y el muay thai como herramientas de desarrollo humano, rehabilitación y prevención en comunidades vulnerables. Finalmente, ofrecerá formación y certificación oficial en oficios técnicos para fortalecer las posibilidades de inserción laboral.
Entre las metas del primer año se encuentran realizar 180 liberaciones asistidas; acompañar a 110 niñas, niños y adolescentes; capacitar y certificar a 150 personas privadas de la libertad; equipar dos espacios de alojamiento postpenal; y sostener un equipo multidisciplinario de 16 profesionales.
Pensar la reinserción desde una perspectiva estructural también implica ampliar la manera en que entendemos la seguridad.
Un sistema penitenciario orientado exclusivamente al castigo difícilmente transforma las condiciones que llevaron a una persona a él. En cambio, ofrecer educación, atención a la salud, acompañamiento emocional, redes comunitarias y oportunidades laborales puede contribuir a reducir la reincidencia y fortalecer comunidades más seguras.
“En la medida en que la persona salga y tenga oportunidades, no va a regresar”, afirma Marco. El horizonte es que quienes concluyan sus procesos puedan recuperar autonomía, incorporarse al trabajo y, eventualmente, acompañar a otras personas que atraviesan una experiencia similar.
Para Capital Común, la aprobación de este programa demuestra de manera concreta lo que significa trabajar desde los ecosistemas: escuchar a quienes conocen el problema, reunir capacidades diferentes, construir confianza y orientar los recursos hacia una estrategia colectiva.
Más que financiar una suma de intervenciones, se busca impulsar una ruta común en la que cada organización fortalezca a las demás y en la que las personas puedan encontrar acompañamiento en distintos momentos de su trayectoria.
Porque, como recuerda Marco de la Garza, “lo que pasa ahí es simplemente un reflejo de lo que nos está pasando como sociedad”.
Transformar la reinserción social exige, por lo tanto, mirar más allá de los centros penitenciarios. Significa reconstruir vínculos, ampliar oportunidades y asumir que una sociedad más segura también se construye acompañando a las personas para que puedan comenzar de nuevo.